martes, 22 de julio de 2014

Dante's Divine Comedy by William Blake




William Blake (1757-1827)

The Divine Comedy is an epic poem written by Dante Alighieri between c. 1308 and his death in 1321. It is widely considered the preeminent work of Italian literature, and is seen as one of the greatest works of world literature. The poem's imaginative and allegorical vision of the afterlife is representative of the medieval world-view as it had developed in the Western Church by the 14th century. It helped establish the Tuscan dialect, in which it is written, as the standardized Italian language. It is divided into three parts: Inferno, Purgatorio, and Paradiso.

On the surface, the poem describes Dante's travels through Hell, Purgatory, and Heaven; but at a deeper level, it represents, allegorically, the soul's journey towards God. At this deeper level, Dante draws on medieval Christian theology and philosophy, especially Thomistic philosophy and the Summa Theologica of Thomas Aquinas. Consequently, the Divine Comedy has been called "the Summa in verse".

The work was originally simply titled Commedìa and was later christened Divina by Giovanni Boccaccio. The first printed edition to add the word divina to the title was that of the Venetian humanist Lodovico Dolce, published in 1555 by Gabriele Giolito de' Ferrari.


Some Illustrations to Dante's "Divine Comedy", 1824-27


"Dante Running from the Three Beasts"


"The Circle of the Lustful: Francesca Da Rimini"


"Dante and Beatrice in the Constellation of Gemini and the Sphere of Flame"


"The Goddess of Fortune"


"The Angel at the Gate of Dis"


"The Blasphemers with the Usurers and the Sodomites"


"The Necromancers and Augers"


"The Devils with Dante and Virgil by the Side of the Pool"


"The Vestibule of Hell and the Souls Mustering to Cross the Acheron"


"The Serpent Attacking Vanni Fucci"


"The Primaeval Giants Sunk in the Soil"


"Lucifer"


"The Angel Inviting Dante to Enter the Fire"


"The Queen of Heaven in Glory"





miércoles, 2 de julio de 2014

Preservar el Silencio



"El caminante sobre el mar de nubes" 1818
CASPAR DAVID FRIEDRICH


EL SILENCIO ROMÁNTICO

La necesidad de preservar el silencio ha sido, quizás, característica explícita de las diversas manifestaciones artísticas del s. XX occidental, pero, a la vez,ha existido desde siempre. La imposibilidad de decir ha sido paradójicamente el motor de toda necesidad de expresión artística. Con la época moderna, además, adquiere un sentido aún más profundo: las palabras, las imágenes, los conceptos, se descubren como símbolos de las cosas, como convenciones inventadas por el hombre, un hombre que se ve en la necesidad de entender y dominar un mundo indecible. El Romanticismo alemán es un momento especial en esta lucha por expresar lo inexpresable. Ocupa, dentro de la historia del silencio, si podemos llamarla así, el momento crucial en el que el hombre moderno, erigido como dueño y señor del mundo gracias a su razón, descubre que todo aquello que domina no es más que un espejismo, porque la construcción racional del mundo a la que se ha dedicado por más de cuatro siglos no le ha servido para otra cosa sino para convertirlo en un ser antinatural, completamente separado del mundo que lo rodea, de la naturaleza, de los otros. Es el momento en el que el sujeto moderno, erigido por Descartes, consolidado por Kant, descubre que aquello que anhela se encuentra más allá de sí mismo, al otro lado de sí mismo, donde los conceptos, el discurso, el entendimiento, todo aquello que hasta ahora se había convertido en su más preciosa guía, lo único que hacen es separarlo más de la verdad. La verdad, por primera vez en mucho tiempo, se le presenta como aquello infinitamente otro, inabarcable, indecible… y el hombre, por ello, se verá en la necesidad de buscarla allí justamente donde ningún hombre de la Ilustración se atrevería: en la experiencia estética, donde el silencio y la contemplación se convierten en los elementos necesarios para acercarse, en medio de la distancia infinita –por paradójico que suene- a esa verdad que se anhela y que se devela en la experiencia artística.

Es importante, antes de empezar a desarrollar el problema del que se ocupará este texto, hacer un par de aclaraciones preliminares. En primer lugar, no es desde la historia del arte, sino más bien desde la estética, que pretendo enfrentarme a la pregunta por el arte en el Romanticismo alemán. Esto quiere decir que más que concentrarme en el estudio detallado de las producciones artísticas de esta época, me preocuparé más bien por responder a la cuestión de qué es el arte para el romanticismo: cómo se entiende su papel dentro de la constitución de las relaciones que establece el hombre con el mundo, con los otros y con la verdad. Esta perspectiva tiene, además, una pertinencia particular, porque justamente el Romanticismo ocupa, dentro de la historia de la filosofía, el momento en el que el arte, y la experiencia estética en general, se transforman en la experiencia filosófica por excelencia: el acceso último a la verdad, último peldaño en el sistema filosófico.

Sin embargo, aunque la mirada y la perspectiva sean filosóficas, trataré de quedarme lo menos posible en problemas específicos de la filosofía de la época, que poco pueden interesar a un público no necesariamente filosófico. Pido disculpas de antemano si paso por encima de algunos problemas y menciono sólo por encima el aporte de algunos autores. El rigor filosófico será aquí sacrificado a favor de la claridad general de la exposición.

Finalmente, quisiera aclarar que cuando me refiera aquí al romanticismo, me estaré refiriendo más específicamente a lo que en historia de la filosofía se ha dado a conocer como “romanticismo temprano” y que se ubica temporalmente en la última década del s. XVIII en Alemania, donde en pocos años se conjugan, en un mismo lugar, un sinnúmero de reflexiones que convergen en la necesidad de reaccionar frente a la Ilustración y lo que se conocía como filosofía crítica (principalmente Kant y Fichte), a partir de un rescate de otro tipo de experiencias, no necesariamente teórico-racionales, que conduzcan a la superación de ciertas dualidades dejadas abiertas por la filosofía moderna en general. Así, los autores a los que haré referencia cuando hable de románticos serán, principalmente, Schelling, Novalis, Hölderlin y el joven Hegel –los últimos dos pocas veces considerados por los historiadores como románticos en el sentido estricto–. En pintura haré referencia al romántico alemán por excelencia, Caspar David Friedrich, quien, aunque unos años posterior a todos los filósofos mencionados, parece representar en sus pinturas lo que los primeros trataron de formular en sus escritos filosóficos. 


El arte abre la posibilidad de experimentar aquello que está más allá del lenguaje, más allá del pensamiento y de la acción. La estética romántica ya no es una estética de la recepción, como la del s. XVIII, preocupada por la norma del gusto, por los efectos sobre el espectador, por los parámetros para poder juzgar lo bello. Se convierte, más bien, en una filosofía del arte (el primero en utilizar el término será Schelling) preocupada por desencubrir aquello que acontece en la experiencia estética desde dentro de sí misma: qué es aquello que la belleza, el arte, lo sublime, develan, revelan, descubren.

El arte deja así de ser simplemente representación, una ventana al mundo, una alegoría que apenas indica algo que está más allá de lo estético, para convertirse nuevamente en presencia. Y con esta transformación, cambia también el concepto de símbolo: el arte es símbolo no porque aluda por medio de la imagen a conceptos que están más allá de lo sensible, en el mundo del pensamiento, sino porque logra que lo infinito, aquello innombrable, indescriptible, aquella naturaleza habitada por los dioses que le es incomprensible al hombre racional, se haga presente en lo sensible, en lo finito. “El arte, dirá Novalis, logra la comunión más íntima entre lo finito y lo infinito”. En el arte, y con él, en la experiencia estética, lo infinito se hace sensible, se presenta ante el hombre, acontece frente a él como un espectáculo digno de contemplación.

Este infinito que se sensibiliza en el arte y se hace presente al hombre mediante la experiencia estética, será lo que la filosofía del romanticismo llamará el Absoluto, concepto que se hará sobre todo conocido a través de la filosofía del Hegel maduro como parte esencial de su sistema filosófico. Sin embargo –valga aquí la aclaración– Hegel dejará de ser romántico en tanto considerará que el arte es sólo una expresión más de este absoluto, una expresión inadecuada en tanto inconceptualizable. Por el contrario, para el romanticismo, para la filosofía de Schelling, para la poesía de Hölderlin y la pintura de Friedrich, es esta virtud de acceder a lo indecible sin tener que reducirlo nuevamente a lo discursivo, lo que hace que la experiencia estética sea el acontecimiento por excelencia de la verdad. En la medida en que la verdad se ha transformado en un acontecimiento, es su espectáculo el que el hombre debe contemplar, en lugar de intentar reducirla a un concepto fijo, inmóvil, estático y totalizante.


filosofiaytragedia.com




sábado, 28 de junio de 2014

Special: Walking by the Cemetery



HIGHGATE CEMETERY, LONDON

THE GALLERY OF THE DEATH


PÈRE LACHAISE, PARIS


PÈRE LACHAISE, PARIS


HIGHGATE CEMETERY, LONDON


HIGHGATE CEMETERY, LONDON


HIGHGATE CEMETERY, LONDON


PÈRE LACHAISE, PARIS (Georges Bizet Grave)


WAVERLEY CEMETERY, SYDNEY


LAFAYETTE CEMETERY, NEW ORLEANS


OAKWOOD CEMETERY, RALEIGH


LAFAYETTE CEMETERY, NEW ORLEANS


LAFAYETTE CEMETERY, NEW ORLEANS


OAKWOOD CEMETERY, RALEIGH


HIGHGATE CEMETERY, LONDON

An amateur sleuth has solved the mystery surrounding the tragic death of a young New Brunswick woman whose coffin has been lying in a dusty, unclaimed crate at a London cemetery for more than 90 years.
But one nagging question remains for Barry Smith: Will anyone from Canada come forward to bring her home? Smith, chairman of the Friends of Kensal Green Cemetery, says the sad tale began unfolding about five years ago, when someone peered inside a decrepit wooden box stored in a vast underground vault beneath the cemetery's Anglican chapel. For years, rumours swirled about its contents, with some speculating it contained the remains of an aristocrat from India or an unnamed murder victim dropped off by the local constabulary. Instead, when the voluntary organization opened the rough crate they discovered a well-crafted casket with a metal plate affixed to its lid, bearing the inscription: "Gladys Winifred Fowler. Died 17th April, 1917. Aged 18 years." Despite the revelation, nothing much happened with the unusual case until Smith – chairman of the group for the past three years – decided last year to order a copy of Fowler's death certificate from the local Public Record Office. The document revealed the teenager was the daughter of then New Brunswick MP George William Fowler, at the time a lieutenant-colonel serving with the 13th Battalion Canadian Infantry during the final months of World War I. The certificate says he was at his daughter's side when she was declared dead at Berners Hotel in London, having succumbed to a variety of ailments, including pneumonia, measles and mitral stenosis, a type of heart disease. "The coffin was crated up and, obviously, it was intended that at the end of the First World War she would be taken back to Canada. But, for reasons we don't know, that never happened," said Smith.In Hammondvale, near Sussex in southern New Brunswick, a headstone at the community cemetery lists the names of every member of the Fowler family, including Gladys. Smith says George Fowler, who later served as a Senator until his death in 1924, appears to have had only one other child, a son named Eric who died at 30 and did not have any children. George Fowler's wife, Ethyl Georgina Fowler, died in 1936, Smith added.



HIGHGATE CEMETERY, LONDON


HIGHGATE CEMETERY, LONDON


HIGHGATE CEMETERY, LONDON


OAKWOOD CEMETERY, RALEIGH


HIGHGATE CEMETERY, LONDON


WAVERLEY CEMETERY, SYDNEY


WAVERLEY CEMETERY, SYDNEY


WAVERLEY CEMETERY, SYDNEY


WAVERLEY CEMETERY, SYDNEY


PÈRE LACHAISE, PARIS


OAKWOOD CEMETERY, RALEIGH


OAKWOOD CEMETERY, RALEIGH














jueves, 26 de junio de 2014

The Gallery of Last Romantics: Pre-Raphaelites, Nazarenes and Modernists



Margaret Winifred Tarrant, 1888-1959: All Things Wise and Wonderful, 1925


Charles Mahoney, 1903-1968: Fortune and the Boy, 1934-6


Mark Symons, 1886-1935: Ave Maria (detail), 1929


Frances MacNair, 1874-1921: The Sleeping Princess, c.1909-15


Eleanor Fortescue-Brickdale, 1872-1945: The Little Foot-Page, 1905


Herbert James Draper, 1864-1920: Ulysses and the Sirens, 1909


John William Waterhouse, 1849-1917: Ophelia, 1910


John William Waterhouse, 1849-1917: Echo and Narcissus, 1903


E R Hughes, 1851-1914: Night with her Train of Stars, 1912


J M Strudwick, 1849-1937: Isabella, 1879


Marie Stillman, 1844-1927: The Enchanted Garden, 1889


Edward Burne-Jones, 1833-1898: The Prioress's Tale, 1865-98


J R Spencer Stanhope, 1829-1908: Penelope, 1864